En verano puede ocurrir que un cierre metálico que llevaba meses funcionando con normalidad empiece a hacer algo más de ruido, roce en determinados puntos o no se desplace con la misma suavidad.
Es fácil achacarlo directamente al calor, pero normalmente hay más factores detrás. En los cierres instalados a pie de calle, el polvo, la suciedad y la exposición continuada al exterior también influyen.
Muchas veces, el verano no provoca el problema desde cero, sino que hace más evidente un desgaste o desajuste que ya estaba empezando a aparecer.
El calor no suele ser el único responsable
Los cierres exteriores están expuestos durante todo el año a cambios de temperatura, humedad, polvo y suciedad.
Cuando llega el verano, las superficies metálicas pueden alcanzar temperaturas elevadas, especialmente si reciben varias horas de sol directo. En una instalación correctamente ajustada esto no debería provocar por sí solo una avería.
El problema aparece cuando ya existe alguna pequeña deformación, una guía demasiado ajustada o un punto donde el cierre estaba empezando a rozar.
En esas condiciones, el cambio de temperatura puede hacer que esa resistencia se note más.
Por eso, cuando un cierre empieza a funcionar peor con el calor, conviene mirar el conjunto antes de asumir que la temperatura es la única causa.
El polvo se acumula precisamente en las zonas de paso
En un local a pie de calle es habitual que la parte inferior de las guías laterales termine acumulando polvo, pequeñas piedras, hojas o suciedad arrastrada desde la acera.
No hace falta que exista una gran acumulación para que el recorrido empiece a cambiar.
A veces el primer síntoma es muy sencillo: el cierre baja bien durante casi todo el recorrido, pero empieza a rozar en los últimos centímetros. O al subir necesita algo más de esfuerzo justo al principio.
Cuando el comportamiento cambia siempre en el mismo punto, merece la pena observar esa zona antes de seguir utilizando el cierre con normalidad.
Suciedad y lubricante no siempre son una buena combinación
Otro error relativamente habitual es aplicar más lubricante cuando aparece un ruido.
No siempre ayuda.
En determinadas zonas, el polvo puede adherirse a restos de lubricante y formar una capa de suciedad que acaba dificultando el movimiento.
Por eso, antes de lubricar conviene comprobar que las partes accesibles estén limpias y que el problema realmente tenga relación con la falta de lubricación.
Aplicar más producto no corrige una guía sucia, una lama desplazada o un cierre mal alineado.
Los cierres más expuestos al sol pueden comportarse de forma diferente
No todos los locales están sometidos a las mismas condiciones.
Un cierre situado bajo un soportal puede pasar prácticamente todo el día a la sombra. Otro puede recibir sol directo durante horas, especialmente en fachadas orientadas hacia las zonas de mayor exposición.
Ese calentamiento no debería impedir el funcionamiento normal de un cierre bien instalado, pero puede hacer más perceptibles pequeñas tolerancias o desajustes existentes.
Por ejemplo, un roce que durante la mañana apenas se aprecia puede resultar más evidente después de varias horas de exposición.
Este tipo de comportamiento es precisamente el que interesa observar: si el cierre funciona de una manera en frío y de otra claramente diferente cuando lleva horas al sol, conviene revisar qué está ocurriendo.
Si aumenta la fricción, el motor también tiene que trabajar más
En un cierre automático, el motor no trabaja de forma aislada. Tiene que mover todo el conjunto a través de las guías.
Si aparecen puntos de resistencia por suciedad, deformaciones o desalineación, tendrá que vencer un esfuerzo mayor.
El usuario puede percibir que el cierre se mueve algo más despacio, que el sonido del motor cambia o que el recorrido deja de ser completamente uniforme.
Esto no significa necesariamente que el motor esté averiado.
A veces el motor simplemente está intentando mover un cierre que ofrece más resistencia de la que debería.
Por eso, antes de centrar la reparación exclusivamente en el automatismo, conviene revisar cómo se desplaza el conjunto.
Qué cambios debería llamar la atención
Quien abre y cierra el negocio cada día suele notar los primeros síntomas antes que nadie.
No hace falta conocer la mecánica del sistema. Basta con prestar atención a cambios respecto a su funcionamiento habitual.
Por ejemplo:
- empieza a rozar donde antes no lo hacía;
- aparece un ruido nuevo;
- el movimiento deja de ser uniforme;
- una zona necesita más esfuerzo;
- el cierre automático parece más lento;
- una lama no mantiene la misma posición que las demás.
Un ruido aislado no implica necesariamente una avería. Pero si el comportamiento cambia y se mantiene durante varios días, merece la pena buscar la causa.
Mantener limpias las guías puede evitar problemas sencillos
Hay tareas básicas que puede realizar el propio usuario sin manipular el mecanismo.
Retirar polvo, hojas o residuos visibles de las zonas accesibles de las guías es una de ellas. También conviene comprobar que no haya ningún pequeño objeto interfiriendo en el recorrido.
Lo que no es recomendable es desmontar piezas, golpear lamas para enderezarlas o manipular motor, eje o mecanismos internos sin conocer la instalación.
A veces un problema aparentemente pequeño se resuelve con una limpieza o un ajuste. Una intervención improvisada puede conseguir justo lo contrario.
Si ofrece resistencia, no conviene insistir
Cuando un cierre empieza a atascarse, es habitual intentar completar el recorrido empujando, tirando o repitiendo varias veces la maniobra.
En un cierre automático también puede ocurrir que se pulse el mando una y otra vez esperando que termine pasando el punto de resistencia.
Si existe un roce real, insistir no elimina la causa.
Puede aumentar el desgaste de las lamas, las guías o el propio sistema de accionamiento.
Un cierre que necesita ayuda para completar un recorrido que antes hacía solo está avisando de que algo ha cambiado.
Después de varios días cerrado también conviene observar el primer recorrido
En verano muchos negocios permanecen cerrados durante varios días por vacaciones.
Durante ese tiempo, el cierre puede seguir acumulando polvo y suciedad exterior aunque no se utilice.
Al volver, merece la pena prestar atención a la primera apertura. Si aparece una resistencia que antes no existía, conviene revisar las zonas accesibles antes de continuar utilizando el cierre de forma habitual.
Esto puede ser especialmente relevante en calles con obras, zonas de mucho tráfico o locales donde se acumula bastante polvo durante los meses secos.
Verano e invierno no afectan de la misma manera
En el artículo sobre cierres metálicos en invierno y aparición de averías vimos cómo las bajas temperaturas y las condiciones propias de esa época pueden hacer más evidentes determinados problemas.
En verano el contexto cambia.
Ahora toman más importancia la exposición al sol, el polvo ambiental, la suciedad en las guías y la combinación de estos factores con pequeños desajustes existentes.
No se trata de que cada estación necesite un mantenimiento completamente diferente. Se trata de entender que el entorno puede hacer que un mismo cierre se comporte de forma distinta a lo largo del año.
Lo importante es detectar que algo ha cambiado
Un cierre metálico que funciona correctamente debería mantener un comportamiento bastante regular.
Si empieza a rozar, necesita más esfuerzo, pierde suavidad o el motor parece trabajar de manera diferente, no conviene limitarse a pensar que es algo normal del verano.
Puede tratarse simplemente de suciedad acumulada, pero también puede haber un ajuste que empieza a deteriorarse.
Detectarlo cuando el problema todavía es pequeño permite actuar antes de que el cierre termine bloqueándose o afectando a otras piezas.
Si después de limpiar las zonas accesibles el comportamiento sigue siendo distinto, en Cierres Metálicos Madrid podemos revisar el sistema y localizar qué está generando esa resistencia.



